Ahora sentado en un bus de Granada a Orgiva, en las montañas Alpujarras de Andalucía. En una hora más debieramos llegar y ser recogidos por un minibús que nos llevará al lugar donde realizaremos el curso de yoga. Somos yo y Iba, una iraní-londinense; más un danés de dos metros al que llamamos Jamie porque pensamos que era el tercero (o la tercera) que se encontraría con nosotros en el terminal. A él le pareció muy gracioso que lo confundiéramos y ahora vamos los tres -después de una breve introducción y explicación acerca de nuestros orígenes, rumbo a lo que nos toca de ahora en adelante. Él no lo tiene muy claro, pero vino a dedo desde Dinamarca porque escuchó que en estas montañas hay un pueblo anarquista que quiere conocer. En el bus van un montón de españoles que parecen ajenos al hecho de que hay elecciones mañana y que varias de las mayores ciudades del país son presas de un descontento social no visto en mucho tiempo. Incluso en la pequeña Ronda, donde me alojé anoche en casa de un amigo mexicano había un grupo no despreciable en la plaza con pancartas y megáfonos.
De Italia partí ayer, dejando atrás los excesos de comida y un confuso y vergonzoso episodio de garrapatas que prefiero no entrar a describir. Ahora me siento un poco débil y con síntomas parecidos a la gripe, aunque estoy casi seguro de que ni tengo fiebre ni mayores indicios de que podría estarme enfermando. Más bien lo atribuyo al largo día de ayer, que comenzó a las 7am y terminó cerca de la una de la mañana de hoy, la mayor parte del tiempo en buses, trenes y aviones. Y también en un auto, porque Juan Carlos (el mexicano) me recogió con un prudente atraso de hora y media desde el aeropuerto de Málaga para llevarme a Ronda. Acá salimos a comer unas pizzas y a dar una vuelta, y conversamos largamente sobre el tiempo y la gente con la que vivimos en Inglaterra hace algunos meses. Él ahora se dedica a la compra y venta de oro y pretende ampliarse a los artículos usados; ambos negocios en alza debido a la desesperada situación ce los españoles, especialmente en el sur. Hoy leí el diario El Mundo de punta a punta y, fuera de algunas páginas dedicadas al presidente del FMI, prácticamente la totalidad de la edición eran noticias y puntos de vista respecto de la situación económico-político-social.
La noticia acerca del señor Strauss-Kahn me generó de inmediato una reflexión que -hasta el momento- no he visto en la discusión noticiosa. A mí las revelaciones me parecen no sólo impactantes, sino también altamente sugerentes. El titular reza más o menos así: “Presidente del Fondo Monetario Internacional acusado de intentar violar a una mujer de origen africano”. Ahora bien, elimine la palabra Presidente y reemplace mujer de origen por nación. Y la acusación se asemeja más a lo que los países que han contraído deuda con la institución (lugar reservado antes exclusivamente a los países el así llamado tercer mundo, pero que hoy por hoy a sido ocupado por varias naciones consideradas desarrolladas) llevan años reclamando. Tal vez por la mente de DSK pasó algo así como ¿'si lo hacemos con los países, por qué no podemos hacerlo con sus ciudadanos'? Es cierto, estoy desconociendo el hecho de que el hombre aún reclama su total inocencia y que el caso está aún lejos de recibir sentencia; pero lo sugerente de la noticia viene dado por el hecho de que por décadas a nadie le ha escandalizado demasiado los términos y condiciones que las instituciones financieras han impuesto sobre países en desesperada necesidad de ayuda financiera, y sólo venimos a establecer un juicio moral frente a un acto muchísimo más pequeño e insignificante. Ojalá alguien, aprovechando la ocasión, presentara cargos respecto de la tremenda violación -ya ni siquiera intento- que se ha realizado constante y sistemáticamente sobre sociedades completas; pero me parece que esto aún está muy lejos de ocurrir.
Salvo por la misteriosa identidad sexual de Jamie (podría ser perfectamente un hombre o una mujer), creo haber deducido de la lista de correos que en el curso al cual en este momento voy de camino soy el único hombre. No sé cuáles serán las reglas del lugar ni nada; pero después de dos meses encerrado en las montañas en Italia con un barbón heroinómano y borracho, un esqueleto que asegura no comer comida cocida, y otros especímenes de calibre similar, volver a ver mujeres ha sido como salir a tomar aire después de cruzar una piscina nadando bajo el agua.
En este momento subimos una cuesta y, a mi derecha, hay montones de molinos de viento. Pero son blancos y dudo que nadie los confundiera con gigantes; aunque en realidad alguien podría asociarlos con los extraterrestres de la última Guerra de los Mundos. Quizá alguien debiera reescribir la historia, aunque en vez de caballos y mulas habría que buscar un medio de transporte más ad-hoc con algún género de lectura o película que obsesiona a la gente en nuestros días, ya que me parece que las de caballeros andantes están un poco añejas. Tal vez algún detective de medio pelo que termina siempre resolviendo casos que involucran grandes intereses trasnacionales vendría bien. Pero para tal efecto, me parece que las montañas y valles que veo en este momento no son un escenario óptimo.
Del lugar en Italia me fui con la sensación de quién deja a su familia para emprender un viaje largo y de retorno incierto. Fueron semanas muy bonitas y de establecer relaciones muy especiales, para bien y para mal. Es una interesante experiencia convivir con un grupo tan reducido de personas de orígenes tan distintos y, de no ser por el alivio que de tanto en tanto traían los grupos de huéspedes, creo que varias veces estuvimos a punto de solucionar las cosas a la usanza antigua. En general a estos lugares llega gente que no ha podido adaptarse con mucho éxito al ambiente social del que provienen, y con ellos acarrean un montón de trancas y problemas que hacen difícil la relación. Yo, por mi parte, creo tener una fuerte tendencia a necesitar mi espacio y tiempo en solitario, y este es un lujo que no siempre puede tenerse cuando se vive en comunidad. En general la necesidad de trabajo es constante y para esto se requiere interactuar; y de esta interacción pueden surgir fricciones que, de no ser tratadas a tiempo (y no siempre pueden tratarse con ciertos individuos) se acumulan hasta que explotan. De hecho la noche antes de partir Mario me contaba que estaba seriamente contemplando darle el finiquito a uno de sus ayudantes. Yo ni lo apoyo ni lo critico; pero ciertamente lo entiendo.
Todas las curvas en ascenso, más el hecho de estar mirando la pantalla de mi computador, me tienen bastante mareado. Alguien alguna vez me dijo que el mareo es un efecto producido por una disociasión en la percepción del movimiento. O sea, como mi cerebro percibe que estoy estático sentado frente a mi computador (percepción entregada por la vista), pero a la vez hay una sensación de movimiento; se produce el efecto desagradable que llamamos mareo. Aunque ahora el efecto más bien está pareciéndose a las ganas de vomitar, así que voy a dejar de escribir. Hasta una próxima entrega.