Se acabó el curso de Yoga. Ayer en la tarde fue la ceremonia de clausura, y recibí el diploma que me acredita como profesor. Después vino el banquete final, que poco tuvo que ver con la austeridad y pureza que guardamos durante el último mes. Corrió el jamón, chorizo, la sangría y los canutos como si lo que estuvieramos celebrando fuera haber terminado de grabar un disco de rock. Para mí fue triste en un comienzo, porque me parecía raro ver a mis instructores y co-aspirantes dándo rienda suelta a sus apetitos, pero la verdad es que ya bien pasada la medianoche, cuando sólo quedábamos unos pocos estirando nuestras últimas horas juntos, me pareció que habíamos logrado un nivel de fraternidad y confianza que permitía que algunos se dieran uno que otro gusto.
Ahora quedamos sólo Jamie (ya mencionada en la entrada anterior, probablemente a ser mencionada en entradas futuras), Lucy (una China-Canadiense a la cual conocí en el taxi que tomamos apenas bajé del bus que nos llevó a Órgiva hace ya cuatro semanas) y su novio Franco, que llegó ayer desde Viena para pasar diez días juntos en una pre-luna de miel; ya que se casan a principios de julio. Está todo muy tranquilo, y nuevamente aparece la sensación de melancolía que invariablemente viene cuando todos parten tras haber pasado un tiempo tan intenso. Y este tiempo sí que fue intenso, al punto que en algunos momentos pensé que hasta hoy no aguantaba. Todos los días practicando meditación, respiración, posturas y clases teóricas desde las 6 de la mañana a las 6 de la tarde. Todos los días queriendo ir a dormir temprano y teniendo que cocinar y terminar quedandome despierto hasta tarde. Todas las mañanas pensando que no quiero levantarme. Y todo el tiempo fascinado por la enorme cantidad de cosas que hay para aprender, las distintas experiencias y aprendizajes que hay para compartir, y los momentos de silencio y soledad en que todo esto es procesado y atesorado.
Cada semana fue distinta, y así lo fue cada día y cada hora. Todos los días había algo completamente nuevo, incluso aquellas cosas que nada tenían que ver con el currículum que habían planeado los instructores. El lugar en que nos quedamos era una maravilla y José -el dueño- un personaje de aquellos que van quedando poco. Después de haber recorrido gran parte del mundo y de haber trabajado en casi todo lo imaginable, se casó con una chilena en Valparaíso y volvió a la finca donde se crió. Ahora la mantiene prácticamente por su cuenta (lo que no es poco decir cuando estamos hablando de 300 hectáreas) y produce aceite de oliva, jamón serrano y una amplia variedad de frutas y verduras, todo de cultivo orgánico. Siempre estuvo muy preocupado de que no nos faltara nada, y nos convidaba de su aceite, vegetales y, en la última noche, sangría. Un día nos invitó a ordeñar las cabras y nos regaló la leche. Varias tardes nos invitó a lo que llamaba canuto time, y varias veces tuvimos que explicarle que no podíamos. Tan bien atendidos estuvimos que prácticamente nunca abandonamos el lugar, salvo el par de veces que viajamos a Órgiva al supermercado, y las caminatas a través de las montañas Alpujarras a través de cortijos y pueblos de 30 casas. Lo único que a mi me ha causado algo de problemas han sido las moscas, los tábanos y el polen. Mucho estornudo, mucha picada y mucha mosca en el cuerpo todo el tiempo. Fuera de eso, óptimo.
En total éramos nueve practicantes de los cuales, contrario a mis suposiciones, dos éramos hombres. Con Francois (el otro) compartimos una pieza que los primeros días pusieron a prueba mi tolerancia a los aromas franceses, cosa que disminuyó notablemente a lo largo del curso, lo que él atribuye a haber dejado los lácteos. Yo, por mi parte, también experimenté con una nueva dieta, que consiste en no mezclar proteínas con carbohidratos en las comidas; pero la verdad es que no noté mayores cambios ni en mi metabolismo ni en mi estado general. Quizá la dieta no está diseñada para vegetarianos, quizá no tiene ningún fundamento, pero creo que no la voy a seguir. De todas formas, cada vez se me hace más fácil ser coherente con mis hábitos alimenticios, y siento menos culpa cuando rechazo algún plato. De hecho Karin (la chilena casada con José) nos invitó mañana a comer paella y aceptó perfectamente que yo fuera vegetariano, y fue mucho más fácil decirlo así, directamente, que dar rodeos y terminar sacando los mariscos del plato.
Los participantes del curso tenían todos prácticas de yoga muy avanzada, y cada cual contaba con su super poder (uno podía pararse sobre las manos por tiempo indefinido, una era ultra-flexible, yo al parecer puedo arquear mi espalda más que ninguno...). Incluso había una holandesa, Jana, que vino con su hija de 3 meses y su marido, y entre teta y teta ahí estaba para todas las prácticas y todas las clases. La relación entre todos fue, según pude apreciar, óptima y hubieron muy pocas y mínimas asperezas. En realidad me atrevería a decir que las relaciones fueron demasiado buenas, lo que terminaba haciendo que todas las tardes nos quedáramos conversando hasta bien entrada la noche, y que en las mañanas apenas pudieramos levantarnos para la limpieza comunal de fosas nasales (qué le vamos a hacer, esto es yoga señores) y la práctica. Creo que pocas veces en mi vida me ha costado tanto sentarme y estar quieto media hora, y cuando tramposamente habría los ojos y miraba a mi alrededor, veía a varios cabeceando o derechamente entregados a los brazos de Morfeo. Un día en particular, durante la tercera semana (según uno de los instructores la semana más difícil de todos los cursos) faltaron tres, yo tuve que salirme en la mitad de la respiración, y una se fue a negro completamente y terminó como un mendigo apoyada contra un pilar de la sala. Parecía realmente un campo de batalla, y el pobre Mitch (el instructor) tuvo que añadir “para aquellos que todavía puedan” a cada una de sus instrucciones.
Los instructores fueron en total cuatro, aunque los que estaban a cargo eran Mitch y Rocío, él medio inglés, medio indio, ella española. Ambos son pareja hace algunos años, y Rocío nos ponía a todos los nervios de punta cada vez que lo llamaba con su agudo grito Yuuuuju, Maaark! A mí me puso los nervios de punta aún más un par de veces por uno que otro mal entendido que tuvimos. Dado el torbellino emocional en que me encontraba, esto me hizo seriamente considerar abandonar el curso, sólo para darme cuenta después de que también era parte del aprendizaje. Lo que sí, ambos sabían mucho de lo que hacían, especialmente él, que a sus cincuenta años dice haber sido de los primeras personas en haber traído el yoga a Londres. Durante el curso, él era el instructor de mediaación, pranayama, ashtanga y anatomía; y ella de filosofía y de coordinar el buen funcionamiento del curso; aunque ambos roles se intercambiaban bastante. Además de ellos, durante la primera semana tuvimos a Chris y durante la segunda y tercera a Jane, australiana y canadiense respectivamente, y ambas con más energía que lo que se puede exclusivamente atribuir al yoga. Con la primera estudiamos mucho de los “cimientos” de las posturas y las enseñanzas de Godfrey Devereux, y con la segundo un poco de todo, desde Acroyoga (espero que el término diga suficiente) hasta los Chakras. Ambas fueron muy inspiradoras, y daban la impresión de querer compartir todo lo que sabían, estando dispuestas a seguir enseñando mucho más allá de las horas que se les pedía.
Ahora Lucy y Franco volvieron de la caminata de varias horas que tomaron, y parecen estar bastante cansados, y con algunos cambios de planes. En principio partían el lunes, y Jamie y yo íbamos a aprovechar para que nos llevaran, y ahora han decidido partir mañana temprano. Veremos como resultan las cosas, por ahora hay que discutir los planes. Hasta la próxima.
Epílogo
Estoy sentado en la fila posterior de un bus, atravesando las verdes praderas de Dinamarca, bajo un cielo cubierto de nubarrones grises, y rodeado de tierras que difícilmente pueden imaginar la existencia de montañas o de cualquier tipo de relieve. Hace un par de horas aterricé en el aeropuerto de Billund, habiendo pernoctado en los pasillos del de Málaga. Los últimos dós días en el lugar del curso de Yoga fueron apacibles y satisfactorios. Apacibles porque finalmente todos se fueron, incluidos Lucy y Franco; y satisfactorios porque cumplí un sueño que acarreaba hace ya varios años: visitar el pueblo desde donde hace más de un siglo emigró mi abuelo. Ese abuelo al que nunca conocí, y que salió rumbo a Buenos Aires cuando era un niño, y que nunca volvió a España. Temprano el domingo José nos llevó hasta un cruce de caminos cercano desde donde probaríamos suerte para llegar a Ugíjar, el pueblo ancestral, aún a sabiendas de que ese día no habían buses ni transporte público alguno para recorrer los más de sesenta kilómetros que -atravesando las sierras alpujarras- nos separaban. Así que emprendimos la caminata por una ruta casi desprovista de vehículos, frustrados porque todos los que veíamos pasar iban en la dirección opuesta. Hasta que después de un par de horas y cuando ya el calor comenzaba a ser desalentador, un hombre nos recogió y llevó hasta el pueblo mismo. Era un tipo de mediana edad y que nunca había salido de España, y al que no le interesaba mucho lo que estuviera pasando en el resto del mundo. En Ugíjar no hicimos mucho más que visitar la iglesia donde fue bautizado el abuelo (y dónde se celebraba una primera comunión que tenía a todo el pueblo de punta en blanco), dar algunas vueltas, comer un gazpacho y fantasear con cómo la vida habrá sido hace cien años; pero la emoción de estar ahí fue muy fuerte. Y de alguna manera fue como cumplir una tarea pendiente. La mayor parte de la tarde la pasamos caminando y recogiendo naranjas de los árboles que nadie se molestó en cosechar este año, hasta que una pareja de holandeses nos recogió y llevó hasta el cortijo donde nos alojábamos. Y resultó una muy feliz coincidencia, porque los mismos holandeses se ofrecieron a llevarnos a Granada al día siguiente, tras haber conversado de negocios y de la posibilidad de traer turistas a las dependencias de José. Una botella de aceite de oliva y algunas naranjas de nuestra propia recolección fueron todo el pago que pudimos darles. Y así acabaron mis días en Andalucía. Lo último que quizá valga la pena comentar es el requesón que aquella última noche me convidó José, fabricado con la leche de una cabra que recién había parido un cabrito, y que -según nos comentaron- contiene una dosis altísima de proteínas, vitaminas y qué se yo cuánta otra cosa. Era medio amarillento y bastante fuerte, pero de una textura maravillosa. El tío Fermín -un viejo de edad indefinida que se pasa el día sentado mirando el horizonte y dirigiendo a las cabras con su bastón- dijo con notable picardía que el día que dejara embarazada a mi novia iba a tener mucho más, para mi solito. Lo ha dicho el tío Fermín.