Un par de cosas para contar.
1) La del Ángel.
Hace algunos días fui a visitar Asís. Me llevaron en auto hasta Perugia, y de ahí tomé un tren hasta la estación Santa Maria degli Angeli, donde hay una basílica que según me cuenta Fabio (el que no come alimentos procesados ni cocidos, pero que en este preciso momento está en la cocina picoteando unos restos de pizza que hicimos hace algunos días) da el nombre a la ciudad de Los Angeles en California. Yo deduzco que en Chile no fuimos ni más ni menos creativos, así que estuve en el alma mater de la ciudad donde viven mis abuelos, tíos y primos. Después de la visita de rigor a la basílica, que cuenta con una capilla interna que data de la edad media, me dispuse a recorrer los cuatro kilómetros que la separan de la ciudad misma, recorrido en línea recta y ascendente por una vereda de ladrillos. Deben ser cientos de miles de ladrillos, y cada uno tiene un nombre italiano escrito. No tengo la menor idea de qué significará esto, aunque probablemente los guías a bordo de los buses cargados de turistas que pasaban a mi lado daban una explicación más que convincente, ya que todos los pasajeros miraban el camino con las manos y las narices pegadas a los vidrios.
En asís hay otra basílica, la de San Francesco, donde además están enterrados los restos del santo. El pueblo es muy bonito y no se permiten autos particulares dentro de sus murallas, lo que le da un carácter más extratemporal, si uno logra abstraerse de las casas de cambio y de la gente posando para fotos.
Pero no era Asís lo que yo iba a visitar, sino el Eremo delle Carceri, en el Monte Subasio. Es una ermita a otros cuatro kilómetros de Asís, donde San Francisco pasaba los días en comunión con la naturaleza y con Ágape, el “amor que devora” del que habla Paulo Coelho en El Peregrino (qué le iba a hacer, el único libro en castellano que hay en este lugar tenía que ser de Coelho). En este lugar -al que según pude ver llegan pocos visitantes, tal vez desalentados por la obligación de mantener silencio- no hay más que una pequeña construcción de piedra y un bosque para caminar y admirar el valle en un cuadro no muy distinto a lo que se debe haber visto hace ocho o nueve siglos. En el bosque hay cruces, garitas, y una estatua de Francisco recostado con las palmas en la nuca y los ojos cerrados. Debe haber estado durmiendo la siesta. La construcción llama la atención por lo pequeña que debe haber sido la gente. Hay que encorvarse por completo para atravesar los portales. En realidad eran un poco esquizofrénicos, porque los umbrales de las iglesias son ridículamente altos (alguna vez alguien me dijo que eran tan elevados para que pudiera pasar el “altísimo”).
Cuando ya iba siendo la hora de almorzar, me encaminé de vuelta, primero a Asís y luego a la estación. La verdad es que ya estaba un poco aburrido de caminar, así que comencé a hacer dedo. Debido al escaso flujo vehicular mis intentos eran bastante fútiles, y ya llegando a Asís pensaba retomar el camino de ladrillos nominales y olvidarme de la posibilidad y el riesgo de que alguien me llevara. En estos pensamientos iba cuando el ruido de un motor me hizo dar vuelta y probar suerte, quizá por última vez. Y como pasa comúnmente con las últimas veces, esta vez el auto se detuvo. El hombre (debe haber tenido pocos años más que yo) me miró y me saludó diciéndome fratello, y me preguntó a dónde iba. Le contesté que a la estación, y me ofreció llevarme. Manejaba un Fiat que no tendría más de uno o dos años, y junto a la palanca de cambios tenía una cajetilla de cigarrillos. Lo primero que me preguntó una vez a bordo fue si era de Bulgaria, lo que posteriormente ha dado pie para que quienes escuchan mi historia duden de la plausibilidad de lo que este tipo decía. Porque ni bien le expliqué que no era búlgaro, comenzó a contarme que él era uno de los 14.000 ángeles que según el Apocalipsis pavimentarán la segunda venida de Cristo. En realidad la locura de lo que decía se matizaba bastante por el hecho de que se veía una persona bastante tranquila y en paz, y mientras hablaba no intentaba convencerme de nada, y lo decía todo como si fuera lo más natural del mundo. Para él, la segunda venida sería en forma de energía crística, algo que cada uno debía desarrollar en su corazón. También hablaba de que el planeta se encuentra pronto a entrar en una fase en la que ya no viviremos en cuatro dimensiones (contando el tiempo) sino en cinco. Y como prueba de su fe (lo de prueba es un agregado mío) comentaba que había renunciado a su trabajo y que ahora vivía de “encontrarse con la gente correcta”. Me dijo mucho que escuchara mi corazón, que ahí estaban todas las respuestas, y al dejarme junto a la estación me pidió si podía mirar la palma de mi mano izquierda. La tomó, la observó y me dedicó una mirada sonriente, pero no quiso decirme nada más. Sólo me repitió que escuchara mi corazón. Lo único que me devolvió el sentido de lo gracioso de la situación fue que cuando le pregunté si la venida iba a ser en 2012, año que todos los pronósticos esotéricos determinan como punto de cambio en la historia, el ángel se puso bastante serio y dijo “la verdad es que según nuestros cálculos debiera ocurrir en 2013”.
Debo reconocer, eso sí, que todo el camino de vuelta fui vigilando mis pasos para no tener un accidente, no fuera que ésto lo había hecho sonreírse al ver mi mano.
(Suena Sólo le Pido a Dios, versión Mercedes Sosa – León Giecco, casualidad cortesía de Fabio)
2) Confusiones Lingüísticas.
Hace dos días Monica, la hija de Grazia (que trabaja conmigo en la cocina) me invitó a dar un giro. Es una ragazza muy bonita que estudia moda en Boloña, tiene el pelo corto y levantado, medio punk, y me da un poco la idea de Lisbeth Salander, la protagonista de los libros de Laarson. Durante el fin de semana de Pascua la casa funcionó a toda máquina, todas las habitaciones estaban ocupadas y la cocina andaba como la sala de máquinas del Titanic, así que tuve que pedir permiso a Mario para ausentarme por algunas horas. Con el compromiso de que en la mañana ayudara a dejar avanzados los preparativos de la cena, y de que volviera a las ocho para lavar los platos, me dio la tarde libre, y yo salí cual Cenicienta a mi primera cita con una italiana. Recorriendo en su macchina las montañas de la Umbria llegamos a la casa de una de sus amigas, un ashram familiar en el que estaba el clon de Vincent Cassell, aunque en este caso era pintor (pintor con todas sus letras, con una boina y contando anécdotas sobre un impresionista que se había enojado cuando le habían pedido tinta negra). Además de él, había niños rebotando por los sillones, un puñado de hippies sentados junto a la chimenea, olor a incienso y un ventanal impresionante, como de 5x3 metros que mostraba los picos de las montañas. Acá estaba Celeste, una amiga de Monica, con la que vive en Boloña y que estudia danza contemporánea. Sin desmerecer a mi anfitriona, quise secretamente que la que me hubiera invitado a salir fuera la bailarina. Quién sabe en realidad, porque de la cita saqué una invitación a visitar Boloña, cuna de la primera universidad europea.
Las burlas idiomáticas se han hecho más frecuentes, lo que da indicios no sólo de que hay más confianza, sino también de que mi nivel algo ha mejorado, pasando del nivel doy pena al nivel doy risa. Si tuviera algunos meses más creo que llegaría al nivel doy envidia, aunque si hablaramos de años creo que retornaría al nivel doy pena, como el irlandés que conocí y que lleva treinta años acá. Como es músico, la gente no pone atención a sus letras sino a su acento, lo que lo llena de frustración. Pero en fin, lo que me tiene escribiendo es contar que del ashram partimos en dos autos (yo, las dos ragazze ya mencionadas, un tipo que parecía sacado de un concierto de Joy Division, otro que hablaba todo el rato de yoga y que me cayó muy bien y la novia de alguno de los dos) a otro lugar, un bar caminero al que finalmente tuvimos que llegar caminando porque la strada estaba chiusa. En el auto en el que viajábamos Celeste, Monica y yo, comenzamos a hablar sobre la vida, sobre mis estudios, y todo eso. Para entender la confusión que se generó en este punto, hay que tener en cuenta que mi italiano consiste básicamente en algunas reglas de conversión que he generado de manera autodidacta (cambiár la jota por doble ese, la cehache por k, etc.). Y cuando me preguntaron sobre la vida universitaria en Chile, yo les conté que para mí había sido muy buena, pero que había tenido demasiados excesos. Y ellas, un poco sorprendidas, me preguntaban que cuál era el problema de esto, si acaso me había contagiado alguna enfermedad o algo así. Y yo les explicaba que no, pero que consideraba que tanto exceso no era bueno, y que a mí un poco se me había pasado la mano. Supongo que los lectores más despiertos ya habrán captado que lo que en realidad yo estaba diciendo era que en la universidad había tenido demasiado sexo, y que estaba un poco arrepentido de haberme entregado tan desenfrenadamente a una actividad sexual carente de límites. Esta confusión, una vez resuelta, me convirtió en el blanco de burlas del resto de la jornada, pero de todas formas lo pasamos muy bien. Espero que, de visitar Boloña, haya algo más que valga la pena escribir.
De todas formas, no soy el único por estas tierras que ha debido adaptar su lenguaje desde el castellano. Por ejemplo está Rita, una cubana que vino a dictar un retiro hace dos o tres fines de semanas, y de la que pude notar que el verdadero riesgo no es hablar mal el italiano, sino terminar también hablando mal el español. La única conversa que tuve con esta mujer -copia feliz del oráculo de Matrix- me dejó espantado por la posibilidad de terminar perdiendo toda capacidad discursiva en una lengua específica, en pro de una habilidad aumentada para darse a entender en otros idiomas. También está el colombiano que me atendió en la caja de una tienda en el aeropuerto de Pisa, que después de algunos minutos captó que yo hablaba español. Cuando le dije que era de Chile llamó a una de las meseras -una argentina-, y al que preparaba los sándwiches, que creo que era de Puerto Rico. Ahí estábamos los cuatro conversando cuando yo les pregunté cuánto les había tomado comenzar a hablar decentemente el italiano. “Seis meses”, dijo el colombiano. “Entre cuatro y ocho”, acordaron la argentina y el portorriqueño. Y como si nada, alguien de atrás mío en la cola dijo “¡a mí me tomó un año!”. Total que estábamos todos en la misma...
3) Recuperando los Kilos.
Ya va siendo hora de que me vaya a realizar mi práctica de yoga, pero quería contar brevemente que -fuera de mi hora de posturas en la tarde y mis ejercicios de respiración en la mañana- mi vida acá ha sido embarazosamente sedentaria. Trabajar en la cocina claramente no ayuda, y entre excusa y excusa me está creciendo una barriga que amenaza con bloquear completamente la visión de mis empeines. Parte del problema es mi obsesión con la comida saludable, que acá encuentra tierra fértil al punto de volver la comida más sana en un exceso insalubre. Parte también es que cocinamos mucho, la gente en Italia come como si el mundo se fuera a acabar, y no bien terminan la colazione comienzan a hablar del pranzo, sabiendo que sólo quieren que llegue éste para poder hablar de la cena. Y la última parte es que, a pesar de tener un montón de montañas y senderos para explorar, mi gasto calórico diario haría sentirse orgulloso cualquier chofer de camión. Un poco por esto, por la visita a Asís y por la lectura de Coelho, he pensado hacer una caminata que va de Aís a Gubio. Es un peregrinaje a través de valles, ciudadelas y montañas, que debiera tomarme entre cuatro y cinco días. Ya me conseguí una carpa y un saco de dormir, veamos si logro sacudirme la modorra y hacerlo. Por ahora, al yoga.
4) Postludio.
La casa está vacía, después de una semana a tablero vuelto. Durante Semana Santa, hubo un seminario sobre Krishnamurti dirigido por un físico indio que atrajo a personas de cuatro continentes. En la cocina trabajábamos a todo dar, y por todos lados había gente, ruidos, conversas... Celebraron mucho varios de los platos que preparamos, y yo recibí alabanzas por una torta de zanahorias que llevaba casi un kilo de mantequilla, otro tanto de azúcar y queso ricotta. Recibí muchas invitaciones para ir a visitar lugares y gente, y una oferta de trabajo que desde el punto de vista financiero significa poco, pero del personal vale oro. Conversando con un hombre de Eritrea, me convencí por primera vez en mi vida de que quiero votar, tantas veces como pueda, aunque sea nulo. Me sentí un poco incómodo por haber sido indiferente a este derecho, del que tanta gente en el mundo ha sido deprivada. En Viernes Santo vimos Jesucristo Superestrella con una israelita y una sudafricana, y luego nos quedamos conversando y viéndola de nuevo con el sonido apagado. Me reí mucho con dos gemelos de 12, de Milán (uno del Inter y el otro del AC, por chileno yo forzosamente fui del Udinese). Fui el confesor involuntario de un par de damas mayores que lo único que necesitaban era un oído al cual dedicar un monólogo interminable. Fueron días muy intensos. Y así, tal como llegaron, se fueron, y el miércoles no éramos más que yo y Mario sentados junto a la chimenea, hablando sobre el síndrome del nido vacío. Todos sus hijos han dejado ya la casa, y yo hace un par de años que partí de la mía, al mismo tiempo que me alejé físicamente de mi ciudad y mis amigos. Hablamos mucho de la distancia y de la culpa, de generar lazos y de después tener que cortarlos. Él cada otoño experimenta la partida de todos los huéspedes, que no volverán hasta bien entrada la próxima primavera. Y la casa queda, como ahora, vacía. Debe ser como cuando en Inglaterra los alumnos partían de vacaciones, y a los que permanecíamos en el colegio nos tomaba varios días sacarnos esa incómoda sensación en el pecho, por mucho que durante el semestre lo único que quisiéramos fuera no volver a verlos más. O debe ser como cuando en menos de dos años mis papás nos vieron partir a mí y a mi hermana, aunque luego comenzaran a llegar los nietos y las postales. O como cuando su mujer falleció sin alcanzar a despedirse de sus hijos. Todo esto nos llevó a pensar en la muerte, en cómo la enfrentamos y en por qué hacemos tal escándalo al respecto. Ambos concordamos en que el temor a la muerte no es algo natural, es algo totalmente condicionado por el estilo de vida que llevamos. En el libro sobre la fermentación de alimentos que ya mencioné anteriormente, el autor dedica un capítulo completo a generar un cambio social y -como portador del VIH-, se extiende ampliamente en el tema de la muerte, diciendo que cuando él muera no quiere dar su cuerpo a la industria funeraria, quiere que le den un entierro doméstico, y que su cuerpo vuelva a los ciclos eternos de putrefacción y renacimiento. Me pareció una forma coherente y bella de ver la vida. Mario había leído un libro en el que se entrevistaba a personas que habían trabajado con enfermos terminales, principalmente médicos y religiosos. Y todos coincidían en que lo más difícil era sacar el sentimiento de culpa de los enfermos, la sensación de que por el resto ellos no podían morir. Y una vez que se les hacía ver esto, la muerte se aceptaba como algo mucho más natural. También me acordé de la última vez que vi a mi perra, de paso por mi casa hace algunos meses. La vi vieja y cansada, y no me pareció mal que muriera. No la vi sufriendo por la perspectiva de morir sino, muy por el contrario, casi con ganas de entregarse al descanso final. Los viejos de alguna tribu no recuerdo dónde se alejan de la aldea cuando sienten que les queda poco, y van a morir tranquilos a la orilla de un río. Nadie los va a buscar para insistirles que vuelvan, que todavía hay posibilidades. Es natural, y la vida continúa. Mi vecina pidió que la dejen en paz durante sus últimos meses, que no quiere luchar más contra el cáncer y que quiere estar en su casa. Yo he pensado que para una mente que no carga con apegos, que es capaz de vivir intensamente cada momento con todos los desafíos que la vida plantea, la muerte no existe. Tal vez este es el significado original de lo que el mundo cristiano celebró el fin de semana que yo pasé con gente de cuatro continentes.
sábado, 30 de abril de 2011
martes, 12 de abril de 2011
La tecnología y la generosidad de mi madre permiten que, mientras atravieso sentado en la camioneta de un panadero las praderas alemanas al este del Río Elba, pueda escribir algunas cosas que se me vienen a la cabeza.
Lo más importante es que estoy acompañado por una persona que, por lo poco que le puedo entender, vive sin conflictos. Es panadero, tiene una familia de siete hijos, se levanta todos los días a las 4am, vive en la misma cuadra que su mamá (la que, a su vez, atiende la panadería), ha pasado la mitad de su vida como comunista y la otra mitad como capitalista, vende lo que produce el mismo, no le gusta la cerveza ni el vino, ha salido una vez de Alemania (acompañando por una semana a un amigo a Turquía), y ninguna de estas cosas le importa en lo más mínimo. Por lo que veo, no se debate preguntándose qué debiera o qué no debiera hacer, no le importa trabajar jornadas de 16 horas (en realidad no sé si lo ve como un trabajo, ya que pasa todo el día riendose, primero en la panadería y luego con los clientes a los que visita, y a los cuales les acepta cuanta taza de café le ofrecen), y tampoco se cuenstiona si tiene muchos hijos. Su señora tiene 33 años y no se aproblema por haberse casado muy joven, hace 11. Ambos son evangélicos. Ella nunca vivió en la Alemania de Hönnecker, y se burla de que su esposo tuvo que estudiar ruso en el colegio. No tienen mucha idea de lo que es la comida orgánica, y no ven ninguna razón para ser vegetariano, pero no ven ninguna tampoco para cuestionarlo. Él pregunta si Chile todavía es comunista, porque eso aprendió cuando niño, y se ríe mucho cuando tarareo la canción de la Internacional. Cuando me cabeceo por el cansancio en la van (soy su aprendiz y colaborador, así que tengo que llevar las mismas jornadas maratónicas), me deja tranquilo. Cuando me despierto me golpea el hombro y se ríe.
Ayer aterricé en un aeropuerto cerca de Hamburgo, desde Pisa. Me había acostado tarde por todo lo de ir a ver la torre y quedarme conversando con gente en el hostal, y como el vuelo era a las 7am, tuve que levantarme de madrugada. Desde el aeropuerto tomé un par de trenes que me llevaban hacia el este, lo que yo notaba porque el concreto se hacía cada vez más presente, y con él los grafitis y los autos viejos. Es muy loco estar en lo que era la RDA, muy distinto a lo que había visto de Europa hasta ahora. La gente se viste, habla, y hasta mira distinto, incluso los jóvenes. Las mujeres esquivan la mirada, y los hombres caminan con los hombros un poco encojidos. No sé cuánto de esto es real y cuanto es lo que yo mismo quiero ver, pero me ha parecido distinto. Aunque eso no es lo que quería contar. La cosa es que ayer, recién bajado del avión y de los trenes, Malter (que así se llama el panadero), me llevó a dar el tour de los miércoles; porque cada día va a un sector diferente a repartir su mercancía. Yo estaba realmente agotado, pero no tenía muchas formas de negarme. Lo de que no tenía muchas formas lo digo en la forma más literal posible, porque él habla menos inglés de lo que yo había pensado, y nunca entendió que yo no hablaba alemán (lo que se entiende porque en realidad gran cosa de lo que le escribí por correo no debe haber captado). Y así partimos, de villorrio en villorrio, haciéndo sonar la bocina externa (tipo chicharra) que tiene la camioneta y que, para mi desgracia, queda al lado de mi puerta. En una casa nos bajamos dos veces, para comer y almorzar, y de aquí logré sacar y entregar un poco más de información porque la dueña (una viuda con siete hijos y un allegado a cargo) hablaba inglés y hacía las veces de traductora. En todas partes Malter me presentaba y explicaba que soy de Chile y que no hablo alemán, lo que a toda la gente parecía causarle mucha gracia.
…
Mi narración se vió interrumpida porque paramos en casa de Tanja, una cliente-amiga que se habia comunicado por correo conmigo anteriormente, ya que habla inglés (en gran parte por esto tuve la idea de que Malter también lo hablaba). Ahí Malter aceptó un par de cafés y conversamos sobre lo importante de que el conocimiento de los oficios tradicionales se pase de persona a persona, como herramienta para combatir la corporativización y el uniformamiento del mundo. Tanja tiene un horno a leña construido por Malter, y éste prometió que la próxima semana tendré la oportunidad de ayudarlo a construir uno.
Pero ahora estamos de vuelta en la camioneta, y yo mastico un pan danés preparado esta mañana. Lo que quería contar más arriba era que, entonces, el día de ayer fue agotador. Agotador como pocos. Y ya hacia la noche, cuando yo rezaba a mis santos para que el paseíto terminara pronto, llegamos a un hospital, lo que en cierta forma encajaba bastante poco con nuestra rutina laboral. Acá nos bajamos y yo algo logré comprender de que íbamos a visitar a un amigo. El encuentro fue con un hombre postrado en una cama (creo que había sido víctima de un accidente cerebro-vascular), que desde que llegamos hasta que nos fuimos -algo así como tres cuartos de hora después-, no dejó de hablar y hablar, con los ojos desorbitados. Para mí al principio no hubo ningún problema, pero de pronto me dí cuenta de lo improbablemente absurdo de la situación y, viéndome sentado en un hospital de la ex RDA, frente a un minusválido que no paraba de hablar como pastor de plaza pública, me vino un ataque de risa que mientras más intentaba controlar, más fuerte se hacía. Y así me pasé el resto de la visita, mirando el suelo y tratando de convertir la risa en muecas de cansancio, hasta que ya hacia el final Walmer le comentó al pobre hombre que yo venía de Chile, y nos pusimos a conversar -mediante mímicas-, sobre el gobierno de Allende y los éxitos y fracasos del programa de reforma agraria.
En fin, esta es mi vida en este momento. Vine con la intención de aprender panadería tradicional alemana, lo que espero poder concretar. Lo que sí se es que este es un lugar para esculpir el carácter. Si logro quedarme las cinco semanas que originalmente planeé (cosa que, al ritmo que vamos, no puedo asegurar) y mi temple no ha sido fortalecido, entonces ya no hay nada que lo vaya a fortalecer.
(Publico esto algunos días después de haberlo escrito, y habiendo abandonado mucho antes de lo previsto el lugar en que me hospedaba. En realidad, Walmer necesitaba alguien que estuviera pudiera entregarle muchas más horas de trabajo de las que yo estaba dispuesto a entregar. El sacrificio no valía la pena, ya que no me encuentro en situación de necesidad -por muy relativo que pueda ser este concepto-, y tengo en mente algunas cosas que requieren bastante tiempo libre para ser trabajadas. De todas formas, la estima por mi anfitrión permanece intacta, y creo que peca de una muy genuina inocencia cuando se pregunta por qué los ayudantes le duran tan poco. Yo creo que la falta prolongada de sueño y la exposición constante y sorpresiva a el sonido explosivo de la chicharra produce, en las personas dotadas de menos energía y de más conflictos psicológicos, síntomas cercanos a la locura, los cuales no creo pertinente describir acá, pero que hacen impracticable la existencia como colaborador de un iluminado con una voluntad laboriosa tan alta como la de Walmer. Fue interesante explorarlos, pero esa definitivamente no es mi vida. A la mierda el pan, a la mierda el carácter. Un oficio menos del cual preocuprase. Tuve que decir un par de mentiras piadosas para abandonar el lugar, espero que el estado de debilitamiento general de mis procesos sinápticos sea justificación suficiente)
Lo más importante es que estoy acompañado por una persona que, por lo poco que le puedo entender, vive sin conflictos. Es panadero, tiene una familia de siete hijos, se levanta todos los días a las 4am, vive en la misma cuadra que su mamá (la que, a su vez, atiende la panadería), ha pasado la mitad de su vida como comunista y la otra mitad como capitalista, vende lo que produce el mismo, no le gusta la cerveza ni el vino, ha salido una vez de Alemania (acompañando por una semana a un amigo a Turquía), y ninguna de estas cosas le importa en lo más mínimo. Por lo que veo, no se debate preguntándose qué debiera o qué no debiera hacer, no le importa trabajar jornadas de 16 horas (en realidad no sé si lo ve como un trabajo, ya que pasa todo el día riendose, primero en la panadería y luego con los clientes a los que visita, y a los cuales les acepta cuanta taza de café le ofrecen), y tampoco se cuenstiona si tiene muchos hijos. Su señora tiene 33 años y no se aproblema por haberse casado muy joven, hace 11. Ambos son evangélicos. Ella nunca vivió en la Alemania de Hönnecker, y se burla de que su esposo tuvo que estudiar ruso en el colegio. No tienen mucha idea de lo que es la comida orgánica, y no ven ninguna razón para ser vegetariano, pero no ven ninguna tampoco para cuestionarlo. Él pregunta si Chile todavía es comunista, porque eso aprendió cuando niño, y se ríe mucho cuando tarareo la canción de la Internacional. Cuando me cabeceo por el cansancio en la van (soy su aprendiz y colaborador, así que tengo que llevar las mismas jornadas maratónicas), me deja tranquilo. Cuando me despierto me golpea el hombro y se ríe.
Ayer aterricé en un aeropuerto cerca de Hamburgo, desde Pisa. Me había acostado tarde por todo lo de ir a ver la torre y quedarme conversando con gente en el hostal, y como el vuelo era a las 7am, tuve que levantarme de madrugada. Desde el aeropuerto tomé un par de trenes que me llevaban hacia el este, lo que yo notaba porque el concreto se hacía cada vez más presente, y con él los grafitis y los autos viejos. Es muy loco estar en lo que era la RDA, muy distinto a lo que había visto de Europa hasta ahora. La gente se viste, habla, y hasta mira distinto, incluso los jóvenes. Las mujeres esquivan la mirada, y los hombres caminan con los hombros un poco encojidos. No sé cuánto de esto es real y cuanto es lo que yo mismo quiero ver, pero me ha parecido distinto. Aunque eso no es lo que quería contar. La cosa es que ayer, recién bajado del avión y de los trenes, Malter (que así se llama el panadero), me llevó a dar el tour de los miércoles; porque cada día va a un sector diferente a repartir su mercancía. Yo estaba realmente agotado, pero no tenía muchas formas de negarme. Lo de que no tenía muchas formas lo digo en la forma más literal posible, porque él habla menos inglés de lo que yo había pensado, y nunca entendió que yo no hablaba alemán (lo que se entiende porque en realidad gran cosa de lo que le escribí por correo no debe haber captado). Y así partimos, de villorrio en villorrio, haciéndo sonar la bocina externa (tipo chicharra) que tiene la camioneta y que, para mi desgracia, queda al lado de mi puerta. En una casa nos bajamos dos veces, para comer y almorzar, y de aquí logré sacar y entregar un poco más de información porque la dueña (una viuda con siete hijos y un allegado a cargo) hablaba inglés y hacía las veces de traductora. En todas partes Malter me presentaba y explicaba que soy de Chile y que no hablo alemán, lo que a toda la gente parecía causarle mucha gracia.
…
Mi narración se vió interrumpida porque paramos en casa de Tanja, una cliente-amiga que se habia comunicado por correo conmigo anteriormente, ya que habla inglés (en gran parte por esto tuve la idea de que Malter también lo hablaba). Ahí Malter aceptó un par de cafés y conversamos sobre lo importante de que el conocimiento de los oficios tradicionales se pase de persona a persona, como herramienta para combatir la corporativización y el uniformamiento del mundo. Tanja tiene un horno a leña construido por Malter, y éste prometió que la próxima semana tendré la oportunidad de ayudarlo a construir uno.
Pero ahora estamos de vuelta en la camioneta, y yo mastico un pan danés preparado esta mañana. Lo que quería contar más arriba era que, entonces, el día de ayer fue agotador. Agotador como pocos. Y ya hacia la noche, cuando yo rezaba a mis santos para que el paseíto terminara pronto, llegamos a un hospital, lo que en cierta forma encajaba bastante poco con nuestra rutina laboral. Acá nos bajamos y yo algo logré comprender de que íbamos a visitar a un amigo. El encuentro fue con un hombre postrado en una cama (creo que había sido víctima de un accidente cerebro-vascular), que desde que llegamos hasta que nos fuimos -algo así como tres cuartos de hora después-, no dejó de hablar y hablar, con los ojos desorbitados. Para mí al principio no hubo ningún problema, pero de pronto me dí cuenta de lo improbablemente absurdo de la situación y, viéndome sentado en un hospital de la ex RDA, frente a un minusválido que no paraba de hablar como pastor de plaza pública, me vino un ataque de risa que mientras más intentaba controlar, más fuerte se hacía. Y así me pasé el resto de la visita, mirando el suelo y tratando de convertir la risa en muecas de cansancio, hasta que ya hacia el final Walmer le comentó al pobre hombre que yo venía de Chile, y nos pusimos a conversar -mediante mímicas-, sobre el gobierno de Allende y los éxitos y fracasos del programa de reforma agraria.
En fin, esta es mi vida en este momento. Vine con la intención de aprender panadería tradicional alemana, lo que espero poder concretar. Lo que sí se es que este es un lugar para esculpir el carácter. Si logro quedarme las cinco semanas que originalmente planeé (cosa que, al ritmo que vamos, no puedo asegurar) y mi temple no ha sido fortalecido, entonces ya no hay nada que lo vaya a fortalecer.
(Publico esto algunos días después de haberlo escrito, y habiendo abandonado mucho antes de lo previsto el lugar en que me hospedaba. En realidad, Walmer necesitaba alguien que estuviera pudiera entregarle muchas más horas de trabajo de las que yo estaba dispuesto a entregar. El sacrificio no valía la pena, ya que no me encuentro en situación de necesidad -por muy relativo que pueda ser este concepto-, y tengo en mente algunas cosas que requieren bastante tiempo libre para ser trabajadas. De todas formas, la estima por mi anfitrión permanece intacta, y creo que peca de una muy genuina inocencia cuando se pregunta por qué los ayudantes le duran tan poco. Yo creo que la falta prolongada de sueño y la exposición constante y sorpresiva a el sonido explosivo de la chicharra produce, en las personas dotadas de menos energía y de más conflictos psicológicos, síntomas cercanos a la locura, los cuales no creo pertinente describir acá, pero que hacen impracticable la existencia como colaborador de un iluminado con una voluntad laboriosa tan alta como la de Walmer. Fue interesante explorarlos, pero esa definitivamente no es mi vida. A la mierda el pan, a la mierda el carácter. Un oficio menos del cual preocuprase. Tuve que decir un par de mentiras piadosas para abandonar el lugar, espero que el estado de debilitamiento general de mis procesos sinápticos sea justificación suficiente)
domingo, 3 de abril de 2011
Para entender por qué estoy sentado con el computador en la falda y la espalda reclinada sobre la pared lateral/norte de una capilla medieval en las montañas de Umbria, bajo un cielo azul radiante y rodeado de colinas cuyo tímido verdor anuncia la llegada de la primavera boreal, haría falta ir bastante más atrás y relatar algunos aspectos de mi vida en los últimos años; aunque para llegar a una explicación acabada y coeherente, habría que narrar mi vida completa, y probablemente bastante más atrás. Puede que algo de esto vaya apareciendo a medida que escribo, pero por ahora baste con decir que acá estoy.
Hace un par de horas que terminé de trabajar en la cocina (estuve dos semanas en un centro de retiros recibiendo comida y alojamiento a cambio de trabajo), y tengo la tarde y el día de mañana libres. Cómo el martes parto rumbo a Pisa para tomar un avión a Hamburgo el miércoles en la mañana, se puede decir que mi trabajo formal en este lugar terminó. La estadía acá fue necesaria, porque me ha dado una cierta perspectiva y ayudado a comprender en qué estoy en este momento -con el agregado quizá más importante aún de comprender en qué NO estoy en este momento, lo cual es mucho más difícil y requiere de una especial atención y destreza. Desde que hace ya varios días serpenteamos en auto con Mario (el dueño) desde el aeropuerto de Perugia por las montañas umbrianas me sentí muy a gusto con el lugar, un amor a primera vista que no sentía desde aquel lejano día en que caminé desde la parada del autobús en Hampshire, Inglaterra hasta el colegio en que terminaría viviendo los próximos 15 meses.
Es difícil creer que hace exactamente dos semanas aterrizaba en Londres después de una estadía de un par de meses en Chile. La ilusión del tiempo es una cosa extraña, dos semanas en cierto sentido parecen una eternidad, y en otros parecen ser más breves que un instante. La distancia con la que en mi mente aprecio la despedida en el aeropuerto de Santiago es la misma que la que separa el ahora de el momento de mi graduación, o de las felicitaciones que recibí anoche por la sopa que preparé. Una sola cosa parece disminuir considerablemente en el tiempo: el miedo. Y esto de alguna manera también es extraño, porque en alguna época de mi vida sentía que el miedo sólo aumentaba conforme pasaba el tiempo.
Lena, la hija de Mario que a la sazón era alumna de mi colegio en Inglaterra acaba de salir de la cocina con un vaso de jugo de uva de las parras que tienen acá, y que supongo fue hecho de la cosecha del último otoño. El jugo tiene unos pequeños cristales formados por el ácido tartárico de la fruta, y no tiene nada más que uvas orgánicas: ni azúcar, ni preservantes, ni nada. Es muy sabroso y espeso, y se puede apreciar toda la aspereza de la fruta. Además el agua -que es la que he bebido todos estos días- es obtenida de una fuente natural a pocos metros de aquí.
Mis días acá han sido tranquilos. Me despierto poco antes de las ocho (como ya es costumbre en los últimos meses, minutos antes de que suene la alarma), y durante las noches duermo tranquilo. En un comienzo era un poco difícil dormir, porque mi habitación está conectada a un piso superior con el que comparte la calefacción, la cual es a gas, queda a los pies de mi cama y es muy ruidosa. Como al principio me habían dicho que uno de los participantes del retiro que se hizo el primer fin de semana se iba a hospedar en el piso superior, la idea era mantener la calefacción encendida toda la noche. Y como no me informaron que el hombre se había instalado en otro lugar (aunque me llamaba la atención lo silencioso que era y lo temprano que apagaba las luces), pasé las primeras dos noches con mucha dificultad para conciliar el sueño. Cuando durante el desayuno del tercer día le pedí perdón por que mi teléfono había sonado durante la noche, fui el blanco de la burla generalizada; supongo que un poco por la situación y un poco por la vergüenza ajena que contenían por verme hablando en italiano. Porque eso ha sido otra constante de mi estadía, mis infructuosos esfuerzos por hablar la lengua bachicha, que a ratos me hacen sonar como un argentino dirigiendo el concurso de la parrillada más grande del mundo. Es tanto el esfuerzo que representa, que las primeras noches, mientras intentaba conciliar el sueño, tenía sobresaltos súbitos en los que mi cabeza intentaba italianizar ciertas palabras. Pero en fin, decía que mis noches son tranquilas, aunque ahora que hago memoria me doy cuenta de que estoy soñando mucho. He soñado con muchas cosas distintas, incluido un sueño en el que íba en el auto con mi mamá y mi tía y veíamos cómo la luna comenzaba a caer sobre la tierra y nos dábamos cuenta de que era el fin del mundo.
Así con mis noches. Durante el día por lo general trabajaba de mañana y de tarde en la cocina, con Grazia, una mujer que por lo que me he dado cuenta se vé mucho más joven de lo que es (una constante por estas latitudes, desde que el primer día ví a la señora que prepara los quesos y a la cual bauticé como Formaggio Lady, que tiene 87 años y ordeña sus vacas todos los días para hacer unos quesos artesanales que me hicieron tirar mis ideales veganos por la borda). Grazia no sabe mucho de cocina, y se guía al pie de la letra por las recetas que le entrega Mario (el cual goza de una veneración casi feudal), pero nos reímos mucho y hemos cocinado cosas buenas. Al principio habían dos tejanos de veintipocos que estaban quedándose como wwoofers, y con los que hice muy buenas migas. Además tienen el mérito de ser las primeras personas que he conocido a las cuales se les enseñó en el colegio que la teoría de la evolución es mentira. Junto a ellos estaban Fabio y Antonio, de Roma y de Trento. El primero sigue una estricta dieta que no incluye ningún alimento que haya sido procesado o cocido, pero a quién siempre ví raspando la olla y saboreando los últimos restos del hipercocido almuerzo o comida. De Antonio no es mucho lo que puedo decir, lo que es otra forma de decir que es demasiado. Quizá baste con decir que si alguien está pensando en hacer una película y necesita un loco de esos con la mirada perdida, los pómulos hundidos y barba mesiánica, le tengo el dato perfecto. Un día en que no habían huéspedes me tocó trabajar con él construyendo una jaula XL para una de las gatas (es un castigo porque los conejos están en época de apareamiento y la gata ha matado decenas de crías a las cuales les arranca la cabeza a la salida de las madrigueras) y pasé la tarde completa pasando del miedo a la risa histérica. Además era muy difícil tomar en serio a alguien que usaba la palabra mangiar para referirse al episodio del felino.
Además un día fui a Perugia, una ciudad muy italiana y por ende muy bonita. Aunque Lena, que fue mi guía turístico, dice que no tiene nada especial. Ella vive ahí con la familia de una amiga, porque estudia en un colegio local. Y planea volver el próximo año a Inglaterra, aunque no está segura. Ahí vagamos por calles y callejones, almorzamos en un restaurante escondido entre los muros que encierran uno de los pasajes peatonales, y nos reímos acordándonos de viejos tiempos y amigos comunes. En un momento, mientras esperábamos la minestra y conversábamos, me sentí como un conspirador que habla de cosas que pocos saben, en un lugar que pocos conocen.
En este preciso momento Antonio se ha sentado frente a mí a sorbetear su decimoctava taza de café del día. Y ahora, entre sorbo y sorbo, se dispone a liar un cigarrillo cuyo número sólo es opacado por las tasas de café. Me hace sentir una ternura bastante especial. Y ahora, tal como llegó, se levantó y se fue. Una de sus características más notorias es que se levanta como si tuviera un resorte en las posaderas, y va derecho a lo que sea que su próxima ocupación determine. Cuando terminamos de almorzar, se levanta y pasa por encima de todos recogiendo los platos sin ninguna atención a si hay interés de repetición, ni siquiera a si se ha terminado o se está con la cuchara a medio camino entre el plato y la boca. Y de ahí se traslada a la cocina y lava y lava sin parar. He escuchado alguna explicación del por qué de su comportamiento y personalidad, las cuales por respeto me veo obligado de omitir acá, pero baste con aconsejar a quienes lean este relato que se mantengan alejados de los químicos que se consumen por vía endovenosa.
Aparte de dos o tres películas, me he dedicado a hojear libros. Hay dos particularmente interesantes. Ell primero es The Heart of Yoga de Desikachar, y el segundo una guía de cómo y por qué fermentar alimentos, una especie de oda al avinagramiento escrito por un norteamericano portador del VIH que atribuye gran parte de la responsabilidad de su supervivencia a sus prácticas culinarias, y que aboga por una sana convivencia con las bacterias y microorganismos, en vez de la guerra a la cual estamos acostumbrados. Ha sido una muy buena lectura y la próxima vez que tenga algo así como un domicilio, voy a comenzar a explorar algunas de las técnicas. Por ahora ya he escrito mucho, y el sol está pronto a esconderse tras las montañas.
Hace un par de horas que terminé de trabajar en la cocina (estuve dos semanas en un centro de retiros recibiendo comida y alojamiento a cambio de trabajo), y tengo la tarde y el día de mañana libres. Cómo el martes parto rumbo a Pisa para tomar un avión a Hamburgo el miércoles en la mañana, se puede decir que mi trabajo formal en este lugar terminó. La estadía acá fue necesaria, porque me ha dado una cierta perspectiva y ayudado a comprender en qué estoy en este momento -con el agregado quizá más importante aún de comprender en qué NO estoy en este momento, lo cual es mucho más difícil y requiere de una especial atención y destreza. Desde que hace ya varios días serpenteamos en auto con Mario (el dueño) desde el aeropuerto de Perugia por las montañas umbrianas me sentí muy a gusto con el lugar, un amor a primera vista que no sentía desde aquel lejano día en que caminé desde la parada del autobús en Hampshire, Inglaterra hasta el colegio en que terminaría viviendo los próximos 15 meses.
Es difícil creer que hace exactamente dos semanas aterrizaba en Londres después de una estadía de un par de meses en Chile. La ilusión del tiempo es una cosa extraña, dos semanas en cierto sentido parecen una eternidad, y en otros parecen ser más breves que un instante. La distancia con la que en mi mente aprecio la despedida en el aeropuerto de Santiago es la misma que la que separa el ahora de el momento de mi graduación, o de las felicitaciones que recibí anoche por la sopa que preparé. Una sola cosa parece disminuir considerablemente en el tiempo: el miedo. Y esto de alguna manera también es extraño, porque en alguna época de mi vida sentía que el miedo sólo aumentaba conforme pasaba el tiempo.
Lena, la hija de Mario que a la sazón era alumna de mi colegio en Inglaterra acaba de salir de la cocina con un vaso de jugo de uva de las parras que tienen acá, y que supongo fue hecho de la cosecha del último otoño. El jugo tiene unos pequeños cristales formados por el ácido tartárico de la fruta, y no tiene nada más que uvas orgánicas: ni azúcar, ni preservantes, ni nada. Es muy sabroso y espeso, y se puede apreciar toda la aspereza de la fruta. Además el agua -que es la que he bebido todos estos días- es obtenida de una fuente natural a pocos metros de aquí.
Mis días acá han sido tranquilos. Me despierto poco antes de las ocho (como ya es costumbre en los últimos meses, minutos antes de que suene la alarma), y durante las noches duermo tranquilo. En un comienzo era un poco difícil dormir, porque mi habitación está conectada a un piso superior con el que comparte la calefacción, la cual es a gas, queda a los pies de mi cama y es muy ruidosa. Como al principio me habían dicho que uno de los participantes del retiro que se hizo el primer fin de semana se iba a hospedar en el piso superior, la idea era mantener la calefacción encendida toda la noche. Y como no me informaron que el hombre se había instalado en otro lugar (aunque me llamaba la atención lo silencioso que era y lo temprano que apagaba las luces), pasé las primeras dos noches con mucha dificultad para conciliar el sueño. Cuando durante el desayuno del tercer día le pedí perdón por que mi teléfono había sonado durante la noche, fui el blanco de la burla generalizada; supongo que un poco por la situación y un poco por la vergüenza ajena que contenían por verme hablando en italiano. Porque eso ha sido otra constante de mi estadía, mis infructuosos esfuerzos por hablar la lengua bachicha, que a ratos me hacen sonar como un argentino dirigiendo el concurso de la parrillada más grande del mundo. Es tanto el esfuerzo que representa, que las primeras noches, mientras intentaba conciliar el sueño, tenía sobresaltos súbitos en los que mi cabeza intentaba italianizar ciertas palabras. Pero en fin, decía que mis noches son tranquilas, aunque ahora que hago memoria me doy cuenta de que estoy soñando mucho. He soñado con muchas cosas distintas, incluido un sueño en el que íba en el auto con mi mamá y mi tía y veíamos cómo la luna comenzaba a caer sobre la tierra y nos dábamos cuenta de que era el fin del mundo.
Así con mis noches. Durante el día por lo general trabajaba de mañana y de tarde en la cocina, con Grazia, una mujer que por lo que me he dado cuenta se vé mucho más joven de lo que es (una constante por estas latitudes, desde que el primer día ví a la señora que prepara los quesos y a la cual bauticé como Formaggio Lady, que tiene 87 años y ordeña sus vacas todos los días para hacer unos quesos artesanales que me hicieron tirar mis ideales veganos por la borda). Grazia no sabe mucho de cocina, y se guía al pie de la letra por las recetas que le entrega Mario (el cual goza de una veneración casi feudal), pero nos reímos mucho y hemos cocinado cosas buenas. Al principio habían dos tejanos de veintipocos que estaban quedándose como wwoofers, y con los que hice muy buenas migas. Además tienen el mérito de ser las primeras personas que he conocido a las cuales se les enseñó en el colegio que la teoría de la evolución es mentira. Junto a ellos estaban Fabio y Antonio, de Roma y de Trento. El primero sigue una estricta dieta que no incluye ningún alimento que haya sido procesado o cocido, pero a quién siempre ví raspando la olla y saboreando los últimos restos del hipercocido almuerzo o comida. De Antonio no es mucho lo que puedo decir, lo que es otra forma de decir que es demasiado. Quizá baste con decir que si alguien está pensando en hacer una película y necesita un loco de esos con la mirada perdida, los pómulos hundidos y barba mesiánica, le tengo el dato perfecto. Un día en que no habían huéspedes me tocó trabajar con él construyendo una jaula XL para una de las gatas (es un castigo porque los conejos están en época de apareamiento y la gata ha matado decenas de crías a las cuales les arranca la cabeza a la salida de las madrigueras) y pasé la tarde completa pasando del miedo a la risa histérica. Además era muy difícil tomar en serio a alguien que usaba la palabra mangiar para referirse al episodio del felino.
Además un día fui a Perugia, una ciudad muy italiana y por ende muy bonita. Aunque Lena, que fue mi guía turístico, dice que no tiene nada especial. Ella vive ahí con la familia de una amiga, porque estudia en un colegio local. Y planea volver el próximo año a Inglaterra, aunque no está segura. Ahí vagamos por calles y callejones, almorzamos en un restaurante escondido entre los muros que encierran uno de los pasajes peatonales, y nos reímos acordándonos de viejos tiempos y amigos comunes. En un momento, mientras esperábamos la minestra y conversábamos, me sentí como un conspirador que habla de cosas que pocos saben, en un lugar que pocos conocen.
En este preciso momento Antonio se ha sentado frente a mí a sorbetear su decimoctava taza de café del día. Y ahora, entre sorbo y sorbo, se dispone a liar un cigarrillo cuyo número sólo es opacado por las tasas de café. Me hace sentir una ternura bastante especial. Y ahora, tal como llegó, se levantó y se fue. Una de sus características más notorias es que se levanta como si tuviera un resorte en las posaderas, y va derecho a lo que sea que su próxima ocupación determine. Cuando terminamos de almorzar, se levanta y pasa por encima de todos recogiendo los platos sin ninguna atención a si hay interés de repetición, ni siquiera a si se ha terminado o se está con la cuchara a medio camino entre el plato y la boca. Y de ahí se traslada a la cocina y lava y lava sin parar. He escuchado alguna explicación del por qué de su comportamiento y personalidad, las cuales por respeto me veo obligado de omitir acá, pero baste con aconsejar a quienes lean este relato que se mantengan alejados de los químicos que se consumen por vía endovenosa.
Aparte de dos o tres películas, me he dedicado a hojear libros. Hay dos particularmente interesantes. Ell primero es The Heart of Yoga de Desikachar, y el segundo una guía de cómo y por qué fermentar alimentos, una especie de oda al avinagramiento escrito por un norteamericano portador del VIH que atribuye gran parte de la responsabilidad de su supervivencia a sus prácticas culinarias, y que aboga por una sana convivencia con las bacterias y microorganismos, en vez de la guerra a la cual estamos acostumbrados. Ha sido una muy buena lectura y la próxima vez que tenga algo así como un domicilio, voy a comenzar a explorar algunas de las técnicas. Por ahora ya he escrito mucho, y el sol está pronto a esconderse tras las montañas.
Dedicado al cercenado prepucio de mi ahijado.
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