La tecnología y la generosidad de mi madre permiten que, mientras atravieso sentado en la camioneta de un panadero las praderas alemanas al este del Río Elba, pueda escribir algunas cosas que se me vienen a la cabeza.
Lo más importante es que estoy acompañado por una persona que, por lo poco que le puedo entender, vive sin conflictos. Es panadero, tiene una familia de siete hijos, se levanta todos los días a las 4am, vive en la misma cuadra que su mamá (la que, a su vez, atiende la panadería), ha pasado la mitad de su vida como comunista y la otra mitad como capitalista, vende lo que produce el mismo, no le gusta la cerveza ni el vino, ha salido una vez de Alemania (acompañando por una semana a un amigo a Turquía), y ninguna de estas cosas le importa en lo más mínimo. Por lo que veo, no se debate preguntándose qué debiera o qué no debiera hacer, no le importa trabajar jornadas de 16 horas (en realidad no sé si lo ve como un trabajo, ya que pasa todo el día riendose, primero en la panadería y luego con los clientes a los que visita, y a los cuales les acepta cuanta taza de café le ofrecen), y tampoco se cuenstiona si tiene muchos hijos. Su señora tiene 33 años y no se aproblema por haberse casado muy joven, hace 11. Ambos son evangélicos. Ella nunca vivió en la Alemania de Hönnecker, y se burla de que su esposo tuvo que estudiar ruso en el colegio. No tienen mucha idea de lo que es la comida orgánica, y no ven ninguna razón para ser vegetariano, pero no ven ninguna tampoco para cuestionarlo. Él pregunta si Chile todavía es comunista, porque eso aprendió cuando niño, y se ríe mucho cuando tarareo la canción de la Internacional. Cuando me cabeceo por el cansancio en la van (soy su aprendiz y colaborador, así que tengo que llevar las mismas jornadas maratónicas), me deja tranquilo. Cuando me despierto me golpea el hombro y se ríe.
Ayer aterricé en un aeropuerto cerca de Hamburgo, desde Pisa. Me había acostado tarde por todo lo de ir a ver la torre y quedarme conversando con gente en el hostal, y como el vuelo era a las 7am, tuve que levantarme de madrugada. Desde el aeropuerto tomé un par de trenes que me llevaban hacia el este, lo que yo notaba porque el concreto se hacía cada vez más presente, y con él los grafitis y los autos viejos. Es muy loco estar en lo que era la RDA, muy distinto a lo que había visto de Europa hasta ahora. La gente se viste, habla, y hasta mira distinto, incluso los jóvenes. Las mujeres esquivan la mirada, y los hombres caminan con los hombros un poco encojidos. No sé cuánto de esto es real y cuanto es lo que yo mismo quiero ver, pero me ha parecido distinto. Aunque eso no es lo que quería contar. La cosa es que ayer, recién bajado del avión y de los trenes, Malter (que así se llama el panadero), me llevó a dar el tour de los miércoles; porque cada día va a un sector diferente a repartir su mercancía. Yo estaba realmente agotado, pero no tenía muchas formas de negarme. Lo de que no tenía muchas formas lo digo en la forma más literal posible, porque él habla menos inglés de lo que yo había pensado, y nunca entendió que yo no hablaba alemán (lo que se entiende porque en realidad gran cosa de lo que le escribí por correo no debe haber captado). Y así partimos, de villorrio en villorrio, haciéndo sonar la bocina externa (tipo chicharra) que tiene la camioneta y que, para mi desgracia, queda al lado de mi puerta. En una casa nos bajamos dos veces, para comer y almorzar, y de aquí logré sacar y entregar un poco más de información porque la dueña (una viuda con siete hijos y un allegado a cargo) hablaba inglés y hacía las veces de traductora. En todas partes Malter me presentaba y explicaba que soy de Chile y que no hablo alemán, lo que a toda la gente parecía causarle mucha gracia.
…
Mi narración se vió interrumpida porque paramos en casa de Tanja, una cliente-amiga que se habia comunicado por correo conmigo anteriormente, ya que habla inglés (en gran parte por esto tuve la idea de que Malter también lo hablaba). Ahí Malter aceptó un par de cafés y conversamos sobre lo importante de que el conocimiento de los oficios tradicionales se pase de persona a persona, como herramienta para combatir la corporativización y el uniformamiento del mundo. Tanja tiene un horno a leña construido por Malter, y éste prometió que la próxima semana tendré la oportunidad de ayudarlo a construir uno.
Pero ahora estamos de vuelta en la camioneta, y yo mastico un pan danés preparado esta mañana. Lo que quería contar más arriba era que, entonces, el día de ayer fue agotador. Agotador como pocos. Y ya hacia la noche, cuando yo rezaba a mis santos para que el paseíto terminara pronto, llegamos a un hospital, lo que en cierta forma encajaba bastante poco con nuestra rutina laboral. Acá nos bajamos y yo algo logré comprender de que íbamos a visitar a un amigo. El encuentro fue con un hombre postrado en una cama (creo que había sido víctima de un accidente cerebro-vascular), que desde que llegamos hasta que nos fuimos -algo así como tres cuartos de hora después-, no dejó de hablar y hablar, con los ojos desorbitados. Para mí al principio no hubo ningún problema, pero de pronto me dí cuenta de lo improbablemente absurdo de la situación y, viéndome sentado en un hospital de la ex RDA, frente a un minusválido que no paraba de hablar como pastor de plaza pública, me vino un ataque de risa que mientras más intentaba controlar, más fuerte se hacía. Y así me pasé el resto de la visita, mirando el suelo y tratando de convertir la risa en muecas de cansancio, hasta que ya hacia el final Walmer le comentó al pobre hombre que yo venía de Chile, y nos pusimos a conversar -mediante mímicas-, sobre el gobierno de Allende y los éxitos y fracasos del programa de reforma agraria.
En fin, esta es mi vida en este momento. Vine con la intención de aprender panadería tradicional alemana, lo que espero poder concretar. Lo que sí se es que este es un lugar para esculpir el carácter. Si logro quedarme las cinco semanas que originalmente planeé (cosa que, al ritmo que vamos, no puedo asegurar) y mi temple no ha sido fortalecido, entonces ya no hay nada que lo vaya a fortalecer.
(Publico esto algunos días después de haberlo escrito, y habiendo abandonado mucho antes de lo previsto el lugar en que me hospedaba. En realidad, Walmer necesitaba alguien que estuviera pudiera entregarle muchas más horas de trabajo de las que yo estaba dispuesto a entregar. El sacrificio no valía la pena, ya que no me encuentro en situación de necesidad -por muy relativo que pueda ser este concepto-, y tengo en mente algunas cosas que requieren bastante tiempo libre para ser trabajadas. De todas formas, la estima por mi anfitrión permanece intacta, y creo que peca de una muy genuina inocencia cuando se pregunta por qué los ayudantes le duran tan poco. Yo creo que la falta prolongada de sueño y la exposición constante y sorpresiva a el sonido explosivo de la chicharra produce, en las personas dotadas de menos energía y de más conflictos psicológicos, síntomas cercanos a la locura, los cuales no creo pertinente describir acá, pero que hacen impracticable la existencia como colaborador de un iluminado con una voluntad laboriosa tan alta como la de Walmer. Fue interesante explorarlos, pero esa definitivamente no es mi vida. A la mierda el pan, a la mierda el carácter. Un oficio menos del cual preocuprase. Tuve que decir un par de mentiras piadosas para abandonar el lugar, espero que el estado de debilitamiento general de mis procesos sinápticos sea justificación suficiente)