Hace un par de horas que terminé de trabajar en la cocina (estuve dos semanas en un centro de retiros recibiendo comida y alojamiento a cambio de trabajo), y tengo la tarde y el día de mañana libres. Cómo el martes parto rumbo a Pisa para tomar un avión a Hamburgo el miércoles en la mañana, se puede decir que mi trabajo formal en este lugar terminó. La estadía acá fue necesaria, porque me ha dado una cierta perspectiva y ayudado a comprender en qué estoy en este momento -con el agregado quizá más importante aún de comprender en qué NO estoy en este momento, lo cual es mucho más difícil y requiere de una especial atención y destreza. Desde que hace ya varios días serpenteamos en auto con Mario (el dueño) desde el aeropuerto de Perugia por las montañas umbrianas me sentí muy a gusto con el lugar, un amor a primera vista que no sentía desde aquel lejano día en que caminé desde la parada del autobús en Hampshire, Inglaterra hasta el colegio en que terminaría viviendo los próximos 15 meses.
Es difícil creer que hace exactamente dos semanas aterrizaba en Londres después de una estadía de un par de meses en Chile. La ilusión del tiempo es una cosa extraña, dos semanas en cierto sentido parecen una eternidad, y en otros parecen ser más breves que un instante. La distancia con la que en mi mente aprecio la despedida en el aeropuerto de Santiago es la misma que la que separa el ahora de el momento de mi graduación, o de las felicitaciones que recibí anoche por la sopa que preparé. Una sola cosa parece disminuir considerablemente en el tiempo: el miedo. Y esto de alguna manera también es extraño, porque en alguna época de mi vida sentía que el miedo sólo aumentaba conforme pasaba el tiempo.
Lena, la hija de Mario que a la sazón era alumna de mi colegio en Inglaterra acaba de salir de la cocina con un vaso de jugo de uva de las parras que tienen acá, y que supongo fue hecho de la cosecha del último otoño. El jugo tiene unos pequeños cristales formados por el ácido tartárico de la fruta, y no tiene nada más que uvas orgánicas: ni azúcar, ni preservantes, ni nada. Es muy sabroso y espeso, y se puede apreciar toda la aspereza de la fruta. Además el agua -que es la que he bebido todos estos días- es obtenida de una fuente natural a pocos metros de aquí.
Mis días acá han sido tranquilos. Me despierto poco antes de las ocho (como ya es costumbre en los últimos meses, minutos antes de que suene la alarma), y durante las noches duermo tranquilo. En un comienzo era un poco difícil dormir, porque mi habitación está conectada a un piso superior con el que comparte la calefacción, la cual es a gas, queda a los pies de mi cama y es muy ruidosa. Como al principio me habían dicho que uno de los participantes del retiro que se hizo el primer fin de semana se iba a hospedar en el piso superior, la idea era mantener la calefacción encendida toda la noche. Y como no me informaron que el hombre se había instalado en otro lugar (aunque me llamaba la atención lo silencioso que era y lo temprano que apagaba las luces), pasé las primeras dos noches con mucha dificultad para conciliar el sueño. Cuando durante el desayuno del tercer día le pedí perdón por que mi teléfono había sonado durante la noche, fui el blanco de la burla generalizada; supongo que un poco por la situación y un poco por la vergüenza ajena que contenían por verme hablando en italiano. Porque eso ha sido otra constante de mi estadía, mis infructuosos esfuerzos por hablar la lengua bachicha, que a ratos me hacen sonar como un argentino dirigiendo el concurso de la parrillada más grande del mundo. Es tanto el esfuerzo que representa, que las primeras noches, mientras intentaba conciliar el sueño, tenía sobresaltos súbitos en los que mi cabeza intentaba italianizar ciertas palabras. Pero en fin, decía que mis noches son tranquilas, aunque ahora que hago memoria me doy cuenta de que estoy soñando mucho. He soñado con muchas cosas distintas, incluido un sueño en el que íba en el auto con mi mamá y mi tía y veíamos cómo la luna comenzaba a caer sobre la tierra y nos dábamos cuenta de que era el fin del mundo.
Así con mis noches. Durante el día por lo general trabajaba de mañana y de tarde en la cocina, con Grazia, una mujer que por lo que me he dado cuenta se vé mucho más joven de lo que es (una constante por estas latitudes, desde que el primer día ví a la señora que prepara los quesos y a la cual bauticé como Formaggio Lady, que tiene 87 años y ordeña sus vacas todos los días para hacer unos quesos artesanales que me hicieron tirar mis ideales veganos por la borda). Grazia no sabe mucho de cocina, y se guía al pie de la letra por las recetas que le entrega Mario (el cual goza de una veneración casi feudal), pero nos reímos mucho y hemos cocinado cosas buenas. Al principio habían dos tejanos de veintipocos que estaban quedándose como wwoofers, y con los que hice muy buenas migas. Además tienen el mérito de ser las primeras personas que he conocido a las cuales se les enseñó en el colegio que la teoría de la evolución es mentira. Junto a ellos estaban Fabio y Antonio, de Roma y de Trento. El primero sigue una estricta dieta que no incluye ningún alimento que haya sido procesado o cocido, pero a quién siempre ví raspando la olla y saboreando los últimos restos del hipercocido almuerzo o comida. De Antonio no es mucho lo que puedo decir, lo que es otra forma de decir que es demasiado. Quizá baste con decir que si alguien está pensando en hacer una película y necesita un loco de esos con la mirada perdida, los pómulos hundidos y barba mesiánica, le tengo el dato perfecto. Un día en que no habían huéspedes me tocó trabajar con él construyendo una jaula XL para una de las gatas (es un castigo porque los conejos están en época de apareamiento y la gata ha matado decenas de crías a las cuales les arranca la cabeza a la salida de las madrigueras) y pasé la tarde completa pasando del miedo a la risa histérica. Además era muy difícil tomar en serio a alguien que usaba la palabra mangiar para referirse al episodio del felino.
Además un día fui a Perugia, una ciudad muy italiana y por ende muy bonita. Aunque Lena, que fue mi guía turístico, dice que no tiene nada especial. Ella vive ahí con la familia de una amiga, porque estudia en un colegio local. Y planea volver el próximo año a Inglaterra, aunque no está segura. Ahí vagamos por calles y callejones, almorzamos en un restaurante escondido entre los muros que encierran uno de los pasajes peatonales, y nos reímos acordándonos de viejos tiempos y amigos comunes. En un momento, mientras esperábamos la minestra y conversábamos, me sentí como un conspirador que habla de cosas que pocos saben, en un lugar que pocos conocen.
En este preciso momento Antonio se ha sentado frente a mí a sorbetear su decimoctava taza de café del día. Y ahora, entre sorbo y sorbo, se dispone a liar un cigarrillo cuyo número sólo es opacado por las tasas de café. Me hace sentir una ternura bastante especial. Y ahora, tal como llegó, se levantó y se fue. Una de sus características más notorias es que se levanta como si tuviera un resorte en las posaderas, y va derecho a lo que sea que su próxima ocupación determine. Cuando terminamos de almorzar, se levanta y pasa por encima de todos recogiendo los platos sin ninguna atención a si hay interés de repetición, ni siquiera a si se ha terminado o se está con la cuchara a medio camino entre el plato y la boca. Y de ahí se traslada a la cocina y lava y lava sin parar. He escuchado alguna explicación del por qué de su comportamiento y personalidad, las cuales por respeto me veo obligado de omitir acá, pero baste con aconsejar a quienes lean este relato que se mantengan alejados de los químicos que se consumen por vía endovenosa.
Aparte de dos o tres películas, me he dedicado a hojear libros. Hay dos particularmente interesantes. Ell primero es The Heart of Yoga de Desikachar, y el segundo una guía de cómo y por qué fermentar alimentos, una especie de oda al avinagramiento escrito por un norteamericano portador del VIH que atribuye gran parte de la responsabilidad de su supervivencia a sus prácticas culinarias, y que aboga por una sana convivencia con las bacterias y microorganismos, en vez de la guerra a la cual estamos acostumbrados. Ha sido una muy buena lectura y la próxima vez que tenga algo así como un domicilio, voy a comenzar a explorar algunas de las técnicas. Por ahora ya he escrito mucho, y el sol está pronto a esconderse tras las montañas.
Dedicado al cercenado prepucio de mi ahijado.