sábado, 30 de abril de 2011

Feliz Pascua

Un par de cosas para contar.

1) La del Ángel.

Hace algunos días fui a visitar Asís. Me llevaron en auto hasta Perugia, y de ahí tomé un tren hasta la estación Santa Maria degli Angeli, donde hay una basílica que según me cuenta Fabio (el que no come alimentos procesados ni cocidos, pero que en este preciso momento está en la cocina picoteando unos restos de pizza que hicimos hace algunos días) da el nombre a la ciudad de Los Angeles en California. Yo deduzco que en Chile no fuimos ni más ni menos creativos, así que estuve en el alma mater de la ciudad donde viven mis abuelos, tíos y primos. Después de la visita de rigor a la basílica, que cuenta con una capilla interna que data de la edad media, me dispuse a recorrer los cuatro kilómetros que la separan de la ciudad misma, recorrido en línea recta y ascendente por una vereda de ladrillos. Deben ser cientos de miles de ladrillos, y cada uno tiene un nombre italiano escrito. No tengo la menor idea de qué significará esto, aunque probablemente los guías a bordo de los buses cargados de turistas que pasaban a mi lado daban una explicación más que convincente, ya que todos los pasajeros miraban el camino con las manos y las narices pegadas a los vidrios.

En asís hay otra basílica, la de San Francesco, donde además están enterrados los restos del santo. El pueblo es muy bonito y no se permiten autos particulares dentro de sus murallas, lo que le da un carácter más extratemporal, si uno logra abstraerse de las casas de cambio y de la gente posando para fotos.

Pero no era Asís lo que yo iba a visitar, sino el Eremo delle Carceri, en el Monte Subasio. Es una ermita a otros cuatro kilómetros de Asís, donde San Francisco pasaba los días en comunión con la naturaleza y con Ágape, el “amor que devora” del que habla Paulo Coelho en El Peregrino (qué le iba a hacer, el único libro en castellano que hay en este lugar tenía que ser de Coelho). En este lugar -al que según pude ver llegan pocos visitantes, tal vez desalentados por la obligación de mantener silencio- no hay más que una pequeña construcción de piedra y un bosque para caminar y admirar el valle en un cuadro no muy distinto a lo que se debe haber visto hace ocho o nueve siglos. En el bosque hay cruces, garitas, y una estatua de Francisco recostado con las palmas en la nuca y los ojos cerrados. Debe haber estado durmiendo la siesta. La construcción llama la atención por lo pequeña que debe haber sido la gente. Hay que encorvarse por completo para atravesar los portales. En realidad eran un poco esquizofrénicos, porque los umbrales de las iglesias son ridículamente altos (alguna vez alguien me dijo que eran tan elevados para que pudiera pasar el “altísimo”).

Cuando ya iba siendo la hora de almorzar, me encaminé de vuelta, primero a Asís y luego a la estación. La verdad es que ya estaba un poco aburrido de caminar, así que comencé a hacer dedo. Debido al escaso flujo vehicular mis intentos eran bastante fútiles, y ya llegando a Asís pensaba retomar el camino de ladrillos nominales y olvidarme de la posibilidad y el riesgo de que alguien me llevara. En estos pensamientos iba cuando el ruido de un motor me hizo dar vuelta y probar suerte, quizá por última vez. Y como pasa comúnmente con las últimas veces, esta vez el auto se detuvo. El hombre (debe haber tenido pocos años más que yo) me miró y me saludó diciéndome fratello, y me preguntó a dónde iba. Le contesté que a la estación, y me ofreció llevarme. Manejaba un Fiat que no tendría más de uno o dos años, y junto a la palanca de cambios tenía una cajetilla de cigarrillos. Lo primero que me preguntó una vez a bordo fue si era de Bulgaria, lo que posteriormente ha dado pie para que quienes escuchan mi historia duden de la plausibilidad de lo que este tipo decía. Porque ni bien le expliqué que no era búlgaro, comenzó a contarme que él era uno de los 14.000 ángeles que según el Apocalipsis pavimentarán la segunda venida de Cristo. En realidad la locura de lo que decía se matizaba bastante por el hecho de que se veía una persona bastante tranquila y en paz, y mientras hablaba no intentaba convencerme de nada, y lo decía todo como si fuera lo más natural del mundo. Para él, la segunda venida sería en forma de energía crística, algo que cada uno debía desarrollar en su corazón. También hablaba de que el planeta se encuentra pronto a entrar en una fase en la que ya no viviremos en cuatro dimensiones (contando el tiempo) sino en cinco. Y como prueba de su fe (lo de prueba es un agregado mío) comentaba que había renunciado a su trabajo y que ahora vivía de “encontrarse con la gente correcta”. Me dijo mucho que escuchara mi corazón, que ahí estaban todas las respuestas, y al dejarme junto a la estación me pidió si podía mirar la palma de mi mano izquierda. La tomó, la observó y me dedicó una mirada sonriente, pero no quiso decirme nada más. Sólo me repitió que escuchara mi corazón. Lo único que me devolvió el sentido de lo gracioso de la situación fue que cuando le pregunté si la venida iba a ser en 2012, año que todos los pronósticos esotéricos determinan como punto de cambio en la historia, el ángel se puso bastante serio y dijo “la verdad es que según nuestros cálculos debiera ocurrir en 2013”.

Debo reconocer, eso sí, que todo el camino de vuelta fui vigilando mis pasos para no tener un accidente, no fuera que ésto lo había hecho sonreírse al ver mi mano.

(Suena Sólo le Pido a Dios, versión Mercedes Sosa – León Giecco, casualidad cortesía de Fabio)

2) Confusiones Lingüísticas.

Hace dos días Monica, la hija de Grazia (que trabaja conmigo en la cocina) me invitó a dar un giro. Es una ragazza muy bonita que estudia moda en Boloña, tiene el pelo corto y levantado, medio punk, y me da un poco la idea de Lisbeth Salander, la protagonista de los libros de Laarson. Durante el fin de semana de Pascua la casa funcionó a toda máquina, todas las habitaciones estaban ocupadas y la cocina andaba como la sala de máquinas del Titanic, así que tuve que pedir permiso a Mario para ausentarme por algunas horas. Con el compromiso de que en la mañana ayudara a dejar avanzados los preparativos de la cena, y de que volviera a las ocho para lavar los platos, me dio la tarde libre, y yo salí cual Cenicienta a mi primera cita con una italiana. Recorriendo en su macchina las montañas de la Umbria llegamos a la casa de una de sus amigas, un ashram familiar en el que estaba el clon de Vincent Cassell, aunque en este caso era pintor (pintor con todas sus letras, con una boina y contando anécdotas sobre un impresionista que se había enojado cuando le habían pedido tinta negra). Además de él, había niños rebotando por los sillones, un puñado de hippies sentados junto a la chimenea, olor a incienso y un ventanal impresionante, como de 5x3 metros que mostraba los picos de las montañas. Acá estaba Celeste, una amiga de Monica, con la que vive en Boloña y que estudia danza contemporánea. Sin desmerecer a mi anfitriona, quise secretamente que la que me hubiera invitado a salir fuera la bailarina. Quién sabe en realidad, porque de la cita saqué una invitación a visitar Boloña, cuna de la primera universidad europea.

Las burlas idiomáticas se han hecho más frecuentes, lo que da indicios no sólo de que hay más confianza, sino también de que mi nivel algo ha mejorado, pasando del nivel doy pena al nivel doy risa. Si tuviera algunos meses más creo que llegaría al nivel doy envidia, aunque si hablaramos de años creo que retornaría al nivel doy pena, como el irlandés que conocí y que lleva treinta años acá. Como es músico, la gente no pone atención a sus letras sino a su acento, lo que lo llena de frustración. Pero en fin, lo que me tiene escribiendo es contar que del ashram partimos en dos autos (yo, las dos ragazze ya mencionadas, un tipo que parecía sacado de un concierto de Joy Division, otro que hablaba todo el rato de yoga y que me cayó muy bien y la novia de alguno de los dos) a otro lugar, un bar caminero al que finalmente tuvimos que llegar caminando porque la strada estaba chiusa. En el auto en el que viajábamos Celeste, Monica y yo, comenzamos a hablar sobre la vida, sobre mis estudios, y todo eso. Para entender la confusión que se generó en este punto, hay que tener en cuenta que mi italiano consiste básicamente en algunas reglas de conversión que he generado de manera autodidacta (cambiár la jota por doble ese, la cehache por k, etc.). Y cuando me preguntaron sobre la vida universitaria en Chile, yo les conté que para mí había sido muy buena, pero que había tenido demasiados excesos. Y ellas, un poco sorprendidas, me preguntaban que cuál era el problema de esto, si acaso me había contagiado alguna enfermedad o algo así. Y yo les explicaba que no, pero que consideraba que tanto exceso no era bueno, y que a mí un poco se me había pasado la mano. Supongo que los lectores más despiertos ya habrán captado que lo que en realidad yo estaba diciendo era que en la universidad había tenido demasiado sexo, y que estaba un poco arrepentido de haberme entregado tan desenfrenadamente a una actividad sexual carente de límites. Esta confusión, una vez resuelta, me convirtió en el blanco de burlas del resto de la jornada, pero de todas formas lo pasamos muy bien. Espero que, de visitar Boloña, haya algo más que valga la pena escribir.

De todas formas, no soy el único por estas tierras que ha debido adaptar su lenguaje desde el castellano. Por ejemplo está Rita, una cubana que vino a dictar un retiro hace dos o tres fines de semanas, y de la que pude notar que el verdadero riesgo no es hablar mal el italiano, sino terminar también hablando mal el español. La única conversa que tuve con esta mujer -copia feliz del oráculo de Matrix- me dejó espantado por la posibilidad de terminar perdiendo toda capacidad discursiva en una lengua específica, en pro de una habilidad aumentada para darse a entender en otros idiomas. También está el colombiano que me atendió en la caja de una tienda en el aeropuerto de Pisa, que después de algunos minutos captó que yo hablaba español. Cuando le dije que era de Chile llamó a una de las meseras -una argentina-, y al que preparaba los sándwiches, que creo que era de Puerto Rico. Ahí estábamos los cuatro conversando cuando yo les pregunté cuánto les había tomado comenzar a hablar decentemente el italiano. “Seis meses”, dijo el colombiano. “Entre cuatro y ocho”, acordaron la argentina y el portorriqueño. Y como si nada, alguien de atrás mío en la cola dijo “¡a mí me tomó un año!”. Total que estábamos todos en la misma...

3) Recuperando los Kilos.

Ya va siendo hora de que me vaya a realizar mi práctica de yoga, pero quería contar brevemente que -fuera de mi hora de posturas en la tarde y mis ejercicios de respiración en la mañana- mi vida acá ha sido embarazosamente sedentaria. Trabajar en la cocina claramente no ayuda, y entre excusa y excusa me está creciendo una barriga que amenaza con bloquear completamente la visión de mis empeines. Parte del problema es mi obsesión con la comida saludable, que acá encuentra tierra fértil al punto de volver la comida más sana en un exceso insalubre. Parte también es que cocinamos mucho, la gente en Italia come como si el mundo se fuera a acabar, y no bien terminan la colazione comienzan a hablar del pranzo, sabiendo que sólo quieren que llegue éste para poder hablar de la cena. Y la última parte es que, a pesar de tener un montón de montañas y senderos para explorar, mi gasto calórico diario haría sentirse orgulloso cualquier chofer de camión. Un poco por esto, por la visita a Asís y por la lectura de Coelho, he pensado hacer una caminata que va de Aís a Gubio. Es un peregrinaje a través de valles, ciudadelas y montañas, que debiera tomarme entre cuatro y cinco días. Ya me conseguí una carpa y un saco de dormir, veamos si logro sacudirme la modorra y hacerlo. Por ahora, al yoga.

4) Postludio.

La casa está vacía, después de una semana a tablero vuelto. Durante Semana Santa, hubo un seminario sobre Krishnamurti dirigido por un físico indio que atrajo a personas de cuatro continentes. En la cocina trabajábamos a todo dar, y por todos lados había gente, ruidos, conversas... Celebraron mucho varios de los platos que preparamos, y yo recibí alabanzas por una torta de zanahorias que llevaba casi un kilo de mantequilla, otro tanto de azúcar y queso ricotta. Recibí muchas invitaciones para ir a visitar lugares y gente, y una oferta de trabajo que desde el punto de vista financiero significa poco, pero del personal vale oro. Conversando con un hombre de Eritrea, me convencí por primera vez en mi vida de que quiero votar, tantas veces como pueda, aunque sea nulo. Me sentí un poco incómodo por haber sido indiferente a este derecho, del que tanta gente en el mundo ha sido deprivada. En Viernes Santo vimos Jesucristo Superestrella con una israelita y una sudafricana, y luego nos quedamos conversando y viéndola de nuevo con el sonido apagado. Me reí mucho con dos gemelos de 12, de Milán (uno del Inter y el otro del AC, por chileno yo forzosamente fui del Udinese). Fui el confesor involuntario de un par de damas mayores que lo único que necesitaban era un oído al cual dedicar un monólogo interminable. Fueron días muy intensos. Y así, tal como llegaron, se fueron, y el miércoles no éramos más que yo y Mario sentados junto a la chimenea, hablando sobre el síndrome del nido vacío. Todos sus hijos han dejado ya la casa, y yo hace un par de años que partí de la mía, al mismo tiempo que me alejé físicamente de mi ciudad y mis amigos. Hablamos mucho de la distancia y de la culpa, de generar lazos y de después tener que cortarlos. Él cada otoño experimenta la partida de todos los huéspedes, que no volverán hasta bien entrada la próxima primavera. Y la casa queda, como ahora, vacía. Debe ser como cuando en Inglaterra los alumnos partían de vacaciones, y a los que permanecíamos en el colegio nos tomaba varios días sacarnos esa incómoda sensación en el pecho, por mucho que durante el semestre lo único que quisiéramos fuera no volver a verlos más. O debe ser como cuando en menos de dos años mis papás nos vieron partir a mí y a mi hermana, aunque luego comenzaran a llegar los nietos y las postales. O como cuando su mujer falleció sin alcanzar a despedirse de sus hijos. Todo esto nos llevó a pensar en la muerte, en cómo la enfrentamos y en por qué hacemos tal escándalo al respecto. Ambos concordamos en que el temor a la muerte no es algo natural, es algo totalmente condicionado por el estilo de vida que llevamos. En el libro sobre la fermentación de alimentos que ya mencioné anteriormente, el autor dedica un capítulo completo a generar un cambio social y -como portador del VIH-, se extiende ampliamente en el tema de la muerte, diciendo que cuando él muera no quiere dar su cuerpo a la industria funeraria, quiere que le den un entierro doméstico, y que su cuerpo vuelva a los ciclos eternos de putrefacción y renacimiento. Me pareció una forma coherente y bella de ver la vida. Mario había leído un libro en el que se entrevistaba a personas que habían trabajado con enfermos terminales, principalmente médicos y religiosos. Y todos coincidían en que lo más difícil era sacar el sentimiento de culpa de los enfermos, la sensación de que por el resto ellos no podían morir. Y una vez que se les hacía ver esto, la muerte se aceptaba como algo mucho más natural. También me acordé de la última vez que vi a mi perra, de paso por mi casa hace algunos meses. La vi vieja y cansada, y no me pareció mal que muriera. No la vi sufriendo por la perspectiva de morir sino, muy por el contrario, casi con ganas de entregarse al descanso final. Los viejos de alguna tribu no recuerdo dónde se alejan de la aldea cuando sienten que les queda poco, y van a morir tranquilos a la orilla de un río. Nadie los va a buscar para insistirles que vuelvan, que todavía hay posibilidades. Es natural, y la vida continúa. Mi vecina pidió que la dejen en paz durante sus últimos meses, que no quiere luchar más contra el cáncer y que quiere estar en su casa. Yo he pensado que para una mente que no carga con apegos, que es capaz de vivir intensamente cada momento con todos los desafíos que la vida plantea, la muerte no existe. Tal vez este es el significado original de lo que el mundo cristiano celebró el fin de semana que yo pasé con gente de cuatro continentes.